Estamos acostumbrados a obedecer, a que nos guíen y nos digan lo que tenemos que hacer, desde la escuela, incluso nuestros padres, los juguetes, y las películas… Desde niños nos enseñan a escuchar y no a escucharnos para poder así encontrar dentro lo que necesitamos fuera.

Así de simple, y así de confuso también es para muchas personas  perder la guía que nos hemos construido o cuestionarnos el modo de hacer que llevamos muy interiorizado y que no nos funciona.

Intuyo que mis escritos son cada vez más antropológicos en enfoque y contenido, y reconozco que es de aquellas asignaturas que se quedaron en mi, porque me encantaban. Nacemos muy dependientes, y a relativa corta edad, o larga depende de quien la mire, nos piden adquirir de pronto nuestra autonomía. Y en ese proceso de dependencia total a independencia, pasan muchas cosas, que además están en manos de otros, y ahí se mezclan muchas cosas.

Me pregunto con perspectiva de adulta,  si hubiera estado “servida” o cuidada durante siete años seguidos, si de repente me apetecería tener que hacerlo yo por mi misma, y pienso también si no es así que nacen algunas características tan humanas como la pereza o la manipulación.

También surge en ese momento de transito, la pregunta de como hacer las cosas, y es entonces cuando empieza la transmisión de trucos, reglas, y modos de hacer que nosotros “los adultos” hemos heredado, y que a veces siquiera hemos cuestionado, para darles nuestro enfoque de como nosotros sentimos que se han de hacer las cosas, son así y ya.

En realidad esa es la definición de autonomía, la autogestión de lo que sea, y sino lo hacemos de forma propia, las formas se repiten y se repiten también los errores, hasta que nuestra historia colectiva encuentra formas de cambio, o hasta que algunos osados, que por rebeldía, resilencia, o por esencia propia buscan su propio camino y  son los que logran cambiar las cosas.

Cuando yo le pido a una persona que quiere reorganizar su camino profesional que mire hacia dentro, y le invito a descubrir que ella tiene la respuesta.  Muchas veces lo que veo es una mirada perdida, que resume muy bien esta introducción que he escrito, porque no hay una base a la que agarrarse.  Hay luz, siempre la hay, pero es evidente que no nos enseñan a encenderla cuando la necesitamos. Sin embargo la vida, hoy va 30 veces más rápida que en siglos anteriores y nosotros necesitamos pensar más que nunca, meditar como dijo hace poco Josep María Fericgla en una presentación del libro de un amigo se vuelve entonces inevitable, y necesario.

Que nuestro día a día, tiene más que ver con Endesa, nuestro jefe, el banco que con nosotros mismos es evidente, que cuando salimos de esa espiral de no –ser, muchos necesitamos anestesiarnos con cualquier elixir que encontremos en un pote de vidrio que se llame amor, también. Pero ese camino no nos lleva a nosotros, y a reconocer en cada uno el poder que tenemos para dejar de estar a la deriva social que estamos muchos para tomar el rumbo que deseemos.

Algo que he aprendido en todo este tiempo de intentar aprender, es que cuando eso ocurre a veces es mejor no mirar muy lejos al horizonte de los sueños, sino enfocar la mirada para entender en que entorno estamos, y como encontrar el punto que nos saque de allí, o nos dirija hacia algún sitio. Y digo algún sitio porque no es necesario tampoco exigirnos tener claro el destino, lo que es muy necesario es entender si estamos donde queremos estar.

No me imagino una partícula, o una molécula mirando a través de la materia y buscando estrategias para llegar a otro lado del espacio/ tiempo del que se encuentra esquivando otras moléculas, sino saberse capaz de controlar el entorno en el que está, porque es el que le permite ser, y existir y llevarla donde tenga que ir.

Somos seres biológicos pero cada vez más seres culturales, y esa o esta cultura que tenemos, porque la vamos enlazando y complicando con nuestros inventitos sin permitirnos perspectiva, es la que nos tiene que dar el primer empuje para colocarnos donde nos apetezca, y para ello has de creer en ti y apelar a tus seguras capacidades propias, no aceptes sin reflexión lo que te digan sino piensas lo mismo, porque no le harás un bien a nadie.

Un consejo, se siempre amable, respetuoso y agradecido, en el medio que nos hemos inventado es un gran aglutinante.