Las personas son personas, que novedad ;), trabajen, corran, compren o vendan… y no hay dos esferas, ni dos trajes, ni dos maneras de hacer las cosas, sino una y depende de como sea cada uno.

Otra reflexión esencial que me gustará plantear en este artículo, es que la desconfianza y el miedo nos lleva a todos a mal camino, y sobretodo, que hay que ser muy higiénico con las emociones de uno, especialmente sino son buenas, positivas y motivadoras.

En ese caso conviene trabajar con ellas y mejorarlas, antes de pasárselas a los demás.

Este último punto es muy importante sobretodo si se trata de niños, porque tanto la desconfianza, como el miedo se pasa como la pólvora de unos a otros y allí empiezan los problemas grandes.

Sabéis que me gusta hablar de lo que aprendo siendo madre, de hecho es la faceta que más aprendizaje nos ofrece diariamente , si uno está dispuesto a aprender mientras cree que enseña, que a estas alturas, no se yo si en temas realmente importantes sobre la vida, y la sabiduría esencial sabe más mi hijo que yo.

Yo leer, gestionar, idiomas, programas, Internet o marcas se mucho… pero de como ser feliz, relacionarme y no tener prejuicios sabe más mi hijo.

Mi hijo y yo, compartimos una actividad de la que ya os he hablado con anterioridad, que es cambiar cromos, y en Barcelona, nuestra ciudad, hay un lugar, bueno una esquina emblemática y urbana, sin ningunas comodidades en un barrio muy cambiante que ocurren siempre muchas cosas, aun cuando eso hace muchos años que es una actividad social consolidada, y el entorno no se inmuta.

No es mi barrio, y yo nunca fui porque mi madre no lo consideró una actividad adecuada, cuando muchos niños de mi grupo si que iban, bueno algunos, la verdad es que la primera vez que yo viví esa experiencia en primera persona fue como madre y niña que fui a la vez, y supuso una revelación social, cultural, comercial y de transacciones económicas sin precedentes para mi.

Los niños actúan, los padres actúan, no se cambian solo cromos, sino ilusiones y la esperanza tan poco necesaria y humana de acabar un álbum de papel.

Y allí estoy algún domingo, no muchos ;),  en tres niveles de alturas, porque están los niños cambiando a media altura, los padres mirando a más altura, y seguro que hay alguien más que no he visto a otra altura que no se definir, el ecosistema social de las ciudades es inverosímil.

Y el otro día, pasó algo que me alarmó. Había una familia de cuatro integrantes cambiando cromos, una verdadera logística en comparación con la nuestra donde no llevamos ni lista, porque mi hijo se conoce todos los cromos de su colección de memoria ( una práctica muy recomendable y didáctica) que me aconsejó un abuelo el primer día que fui.

Pues bien el niño de esa familia iba cambiando los cromos, y mi hijo, que tiene muchos, cuando acabó los del niño se puso a cambiar con otro allí mismo que estaba detrás, hasta allí ningún problema yo iba siguiendo la jugada sin intervenir, hasta que cuando el niño en cuestión nos devuelve los cromos, su paquete de cromos no aparecían ya que mi hijo ya estaba en otra cosa.

El padre del niño en cuestión empezó a ponerse nervioso, como el niño, a mirarme amenazante ( pero controlado) y preguntándome a mi donde estaban los cromos de su hijo, yo tranquila, le dije que no podían haber desaparecido que nadie se había movido de allí y que seguro estarían mezclados, o en algún lugar.

Pero no aparecían, y el hombre se estaba empezando a mover como una lagartija y su mirada era cada vez peor.

Yo rápida como el viento que soy , pensé para mi, que lo peor que podía pasar era que tuviera que darle los cromos de mi hijo, porque no iba bajo ningún concepto a considerar la posibilidad de ningún conflicto absurdo por un poco de papel de colores delante de un montón de niños inocentes. Pero el hombre venía con sus malas emociones de casa, hasta que 10 minutos después, manteniendo una postura firme “de no pasaras”, el seños se pudo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón  y allí estaban sus cromos con una goma.

De nuevo le cambió la cara, no cambio de actitud, seguía amenazante y ahora además había frustración, orgullo y verguenza unido a su enfado, que como digo ya traía de casa, y no se disculpó, lo hizo su mujer en su lugar.

Y no quedó allí, ya ha salvo de este mal entendido, mi hijo siguió con lo suyo, tranquilo, protegido y sabedor de todo lo que ocurria pero preocupado por nada, y el niño volvió de nuevo con ansia a mirar lo que estaba haciendo mi hijo, esta vez el señor se mantuvo a cierta distancia, vigilante, atrapado en esa actitud que no va ni para adelanta ni para atrás, porque sino aprendemos de lo que nos pasa, pues eso no aprendemos.

Y descubrí porque los problemas de la humanidad, de siempre siguen aquí, porque no educamos mejor sino hemos aprendido a trabajar mejor nuestros errores, nuestros fracasos, nuestras emociones sea cual sea nuestar edad y momento vital. Y eso es lo que ocurre a diario en nuestras relaciones profesionalmente supuestamente de adultos, responsables y conocedores de nuestros miedos y sentimientos, ocurre lo mismo que en esta anecdótica historia humana que os he contado.

Así que conozcamos mejor nuestros miedos, antes de pasárselos a otros y especialmente a nuestros hijos.