Esos productos que enamoran, que transmiten y que los demás desean, están llenos de ilusión, de búsqueda, de intento por mejorar y diferenciarse… sino tienen esas características en su ADN son sencillamente, uno más.

Un sector y un actor.

Para explicar con detenimiento este titular necesitaré más tiempo y otro artículo, pero me viene muy bien para introducir y contextualizar  el tema del que quiero hablaros de como un producto / servicio o proyecto puede destacar en un determinado contexto.

Esta reflexión procede de algo con lo que me encuentro asiduamente en la actividad de mi profesión,  y que lamentablemente viene a menudo definido y criticado de forma muy resumida por mis colegas (en masculino) como PASIÓN, pero no en un sentido positivo, de ahí la reflexión.

Muchas veces, cuando utilizan esa terminología de apasionada en el ejercicio del trabajo,  quieren decir, lo que en catalán se describe como “somiatruites”.

Un “somiatruites” es, literalmente, alguien que sueña con truchas, pero significa en realidad una persona que se deja llevar por sus ilusiones imposibles, por sueños irrealizables, por fantasías inalcanzables… una palabra intraducible que define muy bien una manera de hacer muy extendida. Link interesante sobre palabras intraducibles

Me pregunto ¿Qué es una ilusión imposible, o un sueño irrealizable?, y ¿Quién tiene la capacidad o potestad de hacer esa valoración de futuro?

La pasión es un gran motor para la innovación, así de esencial.

Esta valoración, tan básica, tiene trampa, porque el antónimo de PASION, es entre otras cosas pasividad o aversión, y no moderación o mesura, como muchas veces es considerada para los moderados.

Me preocupa sinceramente que sea tan estimada en la “comunidad empresarial” esa pretendida objetividad mesurada , y que se aplique de una manera tan consentida y apreciada como un filtro al mundo de los negocios, y tanto poco, por poner un ejemplo al mundo del ocio.

En general y obvio hay muchas excepciones, los negocios y el mundo empresarial son desapasionados, serios, responsables, elitistas, cargados de control y objetividad, y muy tecnificados, pero por supuesto también son excluyentes, aburridos, poco imparciales, y a veces insulsos.

Reitero que estoy hablando en general, de una tendencia, y hasta aquí la diferenciación de género en relación a este tema, porque matizo que en cualquier momento hay una oportunidad de cambio para todos, tan solo si nos lo proponemos.

Enfoquemos de nuevo el tema. Hoy, para hacer  buen producto, servicio o proyecto que llevar al mercado con intención de éxito, una buena actitud para ello es:

  • Apasionarte
  • Co-crear, porque cuatro ojos ven más que dos.
  • Ergo Confiar.
  • y transmitir ilusión.

Y todas esas cosas son muy humanas, ingredientes básicos para que suba el pastel, sin ellos no hay bizcocho.

Sin embargo, la inercia del mercado actual, consecuencia de un largo camino llamado industrialización, ha instaurado unas bases o creencias muy diferentes como base o motor de los proyectos. En el mundo empresarial es habitual hablar más de escenarios, riesgos, datos, rentabilidades, moldes e inversiones … que está muy bien porque eran los ingredientes que garantizaban una unidad productiva, y lo sigue siendo, pero ya solo para algunos.

Un ejemplo práctico muy fácil de entender, si algunas de esas valoraciones de forma exclusiva como la rentabilidad, se “posan” o pone su foco en el material con que hacemos un determinado producto:

¿Cuál creéis que será la decisión?

Pues si el algodón puede tener un % menor de componente, pongamos de excelencia, y eso justifica mantener un margen de beneficio, se lo quitaran y esa ha sido en términos generales la clave del éxito de los negocios, y la que nos ha llevado a una productividad descontrolada, donde todo vale. Y todos, los que nos hemos dedicado a esto, en algún momento hemos sentido o tenido la responsabilidad de esa decisión encima de nuestra mesa o cabeza.

El otro día, en una discusión creativa productiva surgió también este otro concepto, que ilustra el tema como otro de los grandes puntos que hacen destacar los productos de éxito que apelan a algo más que la funcionalidad práctica.

No todo lo que desarrollamos en un producto es fruto de la funcionalidad, muchas veces es fruto de la usabilidad y de la emoción que provoque esta.

¿Por qué?

Hay muchas razones, pero una muy esencial, es que no somos todos iguales, algo que la industria lamentablemente ha querido estandarizar por obvia optimización de recursos. Cada uno de nosotros entiende una manera personal de hacer las cosas, compramos cosas iguales, si, pero lo utilizamos de forma diferente y propia.

Y esta es una de las claves del desarrollo de los productos de éxito, que en su definición sean o se vean “customizables” o valoradas como personalizables por parte del consumidor, es decir que contemplen que alguien mide 1,65 mts, y otra persona 2 metros.

Los productos que abarcan más espectro de diferencias, y son percibidos como una opción para más usuarios, siendo esta premisa real, y lo más optimizada posible,  tienen más futuro hoy, que los estandares de homegeneidad del pasado.

Para ello, la modularidad, la sistematización, los accesorios son sinónimos perceptivos de que algo es “adaptable” para ti, lo que por una parte permite llegar a más público pero sobretodo se entiende que ha sido pensado, desarrollado y creado en un amplio proyecto que ha tenido en cuenta las posibilidades, apelando a la pluralidad y a la diversidad, no con criterios tan solo de rentabilidad.

Esa es una de las definiciones comerciales del I+D, que se reduce a una percepción si, pero que también responde a estándares industriales diferentes y son claves acertadas para la notoriedad.

Esas “percepciones” a las que estamos acostumbrados y que  conforman un manera de entender lo que compramos y de identificar las cosas, va más allá de lo que es caro o barato, porque esa diferenciación, que es importante, no es la que ya sabemos que garantiza la manera en que está desarrollado un buen producto, entre otras cosas porque al final su productividad no tiene porque ser esencialmente cara, sino estar muy bien pensada.

Es el famoso I+D, que vivido en primera persona, demuestra que el valor de pensar, de crear tiene un coste pero es una muy buena opción para muchas empresas, algunas lo tienen en su ADN, otras lo pueden adquirir, e incluso los gobiernos responsables pueden incentivarlo para poder enriquecer el parking de todo lo que consumimos.

En mi primer libro hay muchasveces dosis de reflexión sobre este tema, y sé, entre nosotros, que pequé de tecnicidad, ya que venía de estar inmersa en ese mundo que antes he descrito, y es posible que no fuera capaz de transmitirlo con la claridad que lo veo ahora, pero eso se llama experiencia y evolución.

Siguen habiendo Start-up que surgen “aparentemente” de la nada, porque lo hacen con algo que seguro tú también tienes:

  • Pasión
  • Co-creación o colaboración
  • Confianza
  • Ilusión