Los malos nunca gana, lo intentan si, pero no acaban vencedores ninguna batalla a largo plazo, y eso incluye el ámbito de los negocios. Las empresas son personas y según estas personas sean y actuen, así son ellas.

Un amigo me dice que escriba mis memorias, como si fuera una súper-heroína 🙂 que cuenta todo lo que ha vivido en el mundo profesional. Y la primera vez que me lo dijo me hizo reír, sin embargo hoy tomo en buena consideración su propuesta, y es que sino lo cuento quedará todo en anécdotas volátiles que poco podrán cambiar las cosas; así que aquí hay una de esas historietas, un episodio interesante acerca de lo que reza el título del artículo.

La última vez que vi a (A) fue en la plaza Mayor de Vic, veníamos del Notario, era uno de esos encuentros a contra-corazón ( en catalán a contracor) que a veces la vida te pone delante para saldar errores o para abrir la puerta a las oportunidades que están por llegar, en ese caso obvio fue lo segundo.

Aquella sociedad que disolvíamos había durado legalmente tan solo unos meses, antes hubieron largos preliminares indefinidos, en tierra de nadie, con mucha voluntad y empeño, un camino previo que estaba predestinado y marcado por un objetivo manipulador preconcebido de uno de los socios.

Mi última condición para vender las acciones de una sociedad y una empresa que había creado yo, inventado yo y aportado yo el cliente fue clara. Como siempre en el mundo de los negocios el dinero tiene mucho que decir, y sin capital, la posición de algunas de la piezas claves del proyecto es a veces complicada.  Y en este caso lo fue y no solo no contabilizó el esfuerzo, y la autoría, sino que además las ansias del “socio encubierto” se convirtió en un mal sueño, que acabó con la paciencia de mis gestores, consultores y evidentemente la mía. Este tipo de malos “oportunistas” siempre acaban sus frases, o sus abogados con la pregunta absurda de: “¿No querrás trabajar más conmigo?

¡Pues no! Yo con personas sin valores y sin escrúpulos no trabajo.

Mi único consuelo al vender las acciones de mi trabajo, que por aquel entonces me dejaba practicamente sin perspectivas,  fue una condición, dejarle al Sr (A) mis acciones, eso lo situaba en mayoría, y para lo que pudiera pasar pensé entonces, al menos el Sr. (A) estaría más cubierto que yo, en las mismas circunstancias, y eso que eran amigos, o eso parecía, pero en cuando el león sale a cazar amigos tiene pocos.

Así que años después, me llega hoy un email que me obliga a reflexionar y a escribir estas líneas:  El Sr. (A) deja la misma sociedad que dejé yo, el email empieza así:

Buenos días, A partir de hoy ya no ejerzo ninguna responsabilidad en …., De ahora en adelante su contacto es …

Y la lección es, que cuando uno ve que una persona actúa mal con otra persona, pensar que con ella será diferente, es lo más absurdo del mundo, cuando uno actúa mal con una persona lo puede hacer con cualquier otra incluido tú, tan solo te sirve de información y con ella puedes actuar en consecuencia.

Si tengo que reflexionar sobre este episodio doloroso de mi vida profesional, solo se me ocurre aceptar algo muy de nuestro género y que obvio se debe aplicar al mundo de los negocios; 

“Para ofrecer y disfrutar de la confianza de alguien, tanto uno como otro se deben ganar ese privilegio, coincidir en un proyecto y unir fuerzas en un objetivo común tan solo es una coincidencia y una decisión. Si eso que quieres hacer depende de otro en una porcentaje elevado, conocer muy bien a esa persona es un punto importante que no depende de tí, o de lo mucho que hagas sino de como sea el otro.

Eso no da pié a que desconfiemos sistemáticamente de nadie, sino a que practiquemos la cautela y sobretodo nada de excusas, si notas, ves o sufres que alguien no se comporta honestamente con otras personas: ESE DATO ES SUFICIENTE TAMBIÉN PARA TI.

El mal trato no es selectivo.